lunes, 17 de julio de 2017

Armando Almánzar Rodríguez In memoriam

Publicado el: 14 julio, 2017

Armando Almánzar Rodríguez fue un narrador emblemático de la llamada Generación del 60, quien comenzó su brillante carrera de narrador al ganar con “El gato”, su cuento más representativo y antologado, junto a Miguel Alfonseca y Abel Fernández Mejía, aquel Primer Premio Exaequo en el Concurso de Cuentos de la agrupación La Máscara en 1966, con un jurado de lujo encabezado por Juan Bosch, Héctor Incháustegui Cabral y Máximo Avilés Blonda.
Desde entonces, con una constancia ejemplar y paralelamente a su notable carrera de crítico de cine, no cesó de escribir y publicar libros de cuentos y algunas novelas.



Carta de despedida a Armando Almánzar R.

Querido Armando:

Hoy más que nunca quisiera que la vida fuera cine; que terminadas estas palabras de despedida algún director dijera: “Corte, se imprime!,” y te levantaras del ataúd, hecho de cartón piedra como el resto del decorado donde actuamos, e hicieras uno de tus chistes malos sobre Dios, Odebrecht o el calor infernal que produce estar embutido en un estuche seis pies po runo; que luego te dirigieras a tu trailer a repasar el guión entre martinis y aceitunas y te prepararas mentalmente para la próxima escena, que seguro rodaríamos en la penumbra de una sala de cine, o en el estudio atiborrado de libros donde escribes cuentos y críticas, o en la cómodas ala de estar donde ves una serie policíaca, con Patricia a un lado y Toby a tus pies.

Créeme, amigo, daría cualquier cosa porque fueras el Clint Eastwood que muere por primera vez a manos de una pandilla en Gran Torino, pero solo para que a continuación te levantes, te sacudas el polvo de la ropa y te limpies la sangre sintética que brota de tu pecho y tu boca. Pagaría lo que no tengo porque fueras Butch Cassidy y se cumpliera lo que hemos sospechado todos estos años de que el vaquero sobrevivió junto a Sundance Kid a la lluvia de tiros que se escucha sobre el plano congelado que cierra la película. Es más, haría el sacrificio de inscribirme en un partido político, con todo el riesgo reputacional que tal imbecilidad conlleva, con tal que te quedaras con nosotros aunque sea en las condiciones del Jean-Dominique Bauby de La escafandra y la mariposa, moviendo solo un ojo, !pero vivo y consciente!, para indicarnos con un pestañeo si la película es buena, con dos si es mala, con tres si es pésima, y con cuatro si es de Jimmy Sierra.

Sin embargo, querido amigo, creo que esta veza parecerá el The End inexorable y pondrán los créditos. No serás un doble que podremos dejar olvidado, como en una de tus macabras historias, en el nicho del cementerio mientras nos vamos a Casa de Teatro a evaluar los cuentos de un concurso o a escuchar la más reciente aventura de Freddy (Ginebra). Eres el protagonista de esta obra y el productor no acepta sustituciones. Como ves, el cine, igual que la vida, tiene sus límites.

Pero antes de que enciendan las luces de la sala y se escuchen los ruidos del proyeccionista que rebobina la cinta, quiero darte las gracias por enseñarme a ver buen cine y por mostrarme cómo se escriben cuentos geniales; por convencerme, a través de tu ejemplo, que la literatura y el cine solo pueden llevarse con pasión y disciplina, esas cualidades que te permitieron ejercer más de 50 años de crítica y publicar una veintena de libros.

Admiré (admiro) tu sentido del humor, irónico, ácido, negro, que intento imitar, con tu consentimiento; admiré (admiro) tu coherencia, esa línea rectísima de pensamiento y actitud que te trajo- sin que te importara- malquerencias e incomprensiones; admiré (admiro) tu solidaridad auténtica, no la que espera “el cielo prometido” ,sino es a que surge naturalmente del corazón de los hombres ante la tragedia, como la practicada por los personajes de Camus en La peste; admiré (admiro) tu humildad, la disposición a compartir conocimientos y experiencias con quienes comenzamos el oficio, y ese casi desprecio por el elogio y el reconocimiento; eres importante, lo sabías (lo sabes)pero para ti ganar un premio (y ganaste muchos, los más altos) era como jugar dominó los lunes o escuchar jazz cualquier noche; sabías (sabes) que lo fundamental es meter los pies debajo del escritorio, tomar el lápiz o pulsar el teclado, e imaginar mundos.

Tal vez nos veamos por ahí, aunque sabemos que esa es una hipótesis improbable; confío más en el recuerdo, y como el pequeño Salvatore de Cinema Paradiso, miraré los pedazos editados al azar de nuestras vivencias para repasarlas de vez en cuando y de 9 a 11, que es cuando suele vencerme la nostalgia.

Si has llegado a algún sitio (hipótesis nula), espero que haya un buen cine donde exhiban películas de Truffaut, Bergman y Woody Allen. Si ponen una de Robertico, sabré que no estás en el cielo.


Me harás mucha falta. Hasta siempre, amigo del alma!

Luis Martín Gómez
14 de julio de 2017

sábado, 20 de mayo de 2017

Diez


Diez
Te lo explicaron desde muchacho: según la Teoría de la Relatividad, si salieras de aquí en una nave espacial a la velocidad de la luz y llegaras a Plutón y regresaras en, digamos, cuatro meses, esos cuatro meses habrían transcurrido para ti, que estabas dentro de la nave, pero para quienes habían permanecido aquí, en la madre Tierra, habrían pasado… quien sabe, muchísimos años.  ¿Comprendes? ¿No? Pues no te preocupes, que casi nadie entiende nada pero es así como funciona el asunto.
Nueve
Pero ya sabías sobre eso de que el tiempo es relativo antes de que el hirsuto Einstein te lo dijera.  Es más, sin que le tengan que explicar sobre teorías, todo el que ha estado enamorado cuando joven lo ha vivido, sentido y experimentado.  Y, si no, recuerda cuando apenas disponías de media hora para estar con la amada de tu corazón lo fugaz de esos minutillos, lo vertiginoso del paso del tiempo.
Ocho
Y, por el contrario, cuando estabas allí, clavado en el sillón de dentista o sembrado en el pupitre tomando una prueba de matemáticas, esos pocos minutos de la realidad se te convertían en una eternidad de torturas, atado para siempre, como divino castigo, digno de Sísifo o de Tántalo.
Siete
O, siendo mayor, hombre con responsabilidades que mantiene una familia, tus horas se estiran y estiran, se sudan, se rascan, amodorran y sobresaltan, mientras los años de la juventud se escurrieron a través de tus huesos sin que lo advirtieras, subrepticios, ligeros, ingrávidos, arena entre los dedos, agua en el colador…
Seis
Y más adelante, ya los amores perdidos, las ilusiones frustradas, los hijos vagando cada uno por su lado como si nunca hubieran existido, como si jamás hubieran sido tuyos, las horas en el cuarto de la pensión te asfixian, te aplastan, no acaban nunca, se apretujan sobre tu cuerpo ahogándolo con un calor húmero y pegajoso que te hace salir a la calle a aburrirte de otra manera, a sofocarte entre la gente más solo que nunca.
Cinco
Hasta que decides dejar de mirar sin ver esa granada de mano que has tenido de adorno sobre tu mesita de noche desde hace más de 25 años, desde aquellos días lentos pero refulgentes de la revolución del ’65, cuando la encontraste junto a un “Jeep” incendiado, hasta que decides darle utilidad y sales con ella como única compañera a darte de bocas con el primer banco que se te pone en el camino y la levanta como triunfal trofeo.
Cuatro
Y esos escasos minutos frente a tantos ojos aterrorizados son también un tiempo de nunca acabar desbordado de miedo, de nervios, de temblores, de miradas de reojo, de movimientos furtivos, de sollozos y desmayos, de chillidos y suspiros, de respiraciones agitadas, de cámaras de TV enfocándote para granjearte una fama posterior y un predecible destino.
Tres
Pero nada de eso importa ahora que subes a tu viejísimo Volkswagen arrojando hace atrás las bolsas repletas de esa enorme cantidad de dinero tan soñado que no parece real, ahora también va a dar el asiento trasero tu amiga de mano, ahora su percutor se engancha con saña de piraña en el malhadado cinturón de seguridad que te antojaste de usar porque ibas a volar como Mercurio para escapar de Hades.
Dos
Ahora piensas lo que antes nunca te ocupaste ni mucho menos preocupaste de pensar: ¿Servirá todavía esa tan herrumbrosa, vetusta granada de mano?  Y la Teoría de la Relatividad te colma de nuevo el cerebro: las fracciones de segundo huyen despavoridas cuando por fuerza tienes que zafar el cinturón de seguridad, cuando tienes que salir del auto otra vez para asomarte a una calle salpicada de caras hoscas y dedos acusadores.
Uno
Cuando empujas hacia adelante el asiento y te asomas a buscar en el interior del Volks porque vas a perder todo ese dinero y todo es oscuridad, confusión y bolsas repletas, una fortuna para un sueño de un instante.  Cuando asomas al interior del auto asomas al borde preciso donde termina la mar océano, al abismo donde expira todo, donde se extingue el tiempo…
Cero.

Diez es uno de los relatos incluidos en el libro Cuentos en Cortometraje, de la autoría de Armando Almánzar R., publicado en 1993 por Editorial Argumentos, Santo Domingo, República Dominicana.

http://armandoalmanzar.blogspot.com/2012/04/cuentos-en-cortometraje-cuentos-en.html