sábado, 14 de abril de 2012

Palabras de agradecimiento por el Premio Nacional de Literatura 2012

Buenas noches,

Este galardón que hoy recibo, y que agradezco profundamente, tanto a la Fundación Corripio como al Ministerio de Cultura y a todos aquellos que de una u otra manera tuvieron que ver con su otorgamiento, quiero ofrecerlo como un homenaje póstumo a mis padres, Armando Almánzar González y Luz Rodríguez de Almánzar.

Porque ellos fueron quienes forjaron, a costa de muchos sacrificios, lo que hoy soy, lo que hoy son mis hermanos y, por necesaria extensión, lo que son mis hijos y, con toda seguridad, serán mis nietos.


Pero, sobre todo, a mi padre, porque ese hombre, a quien deseo de todo corazón no sea olvidado, fue un esforzado e incansable trabajador durante toda su vida, desde que se inició como maestro en una pequeña escuela de campo, pasando luego a  director de otras escuelas, más adelante a inspector, y después a lo que entonces se denominaba Intendente de Educación, hasta alcanzar la Secretaría de Estado de Educación durante la breve Presidencia de García Godoy.

Y lo que deseo ahora resaltar no son esos muchos años de servicio, sino el hecho cierto y comprobado de que, cuando pidió su jubilación al ganar la presidencia Balaguer, para al fin poder tener un hogar propio, una pequeña casa que pudiera llamar suya y nuestra, tuvo que tomar dinero prestado a un familiar.

O sea, por si acaso no lo han comprendido aún, que salió de más de 30 años de  servicio público con muy poco más que cuando ingresó, pero que, como vivimos en un país tan moralmente degradado, ese ejemplo de honestidad y de sentido del deber ha sido tildado por más de una persona de, y me van a perdonar la expresión, de pendejo, así como suena.

En otras palabras, que yo heredé de mis padres no solamente el amor por la lectura, por la literatura, sino además, y muy principalmente, ese sentido del deber y de la honestidad de la cual puedo hoy ufanarme.

Y es por esa razón que deseo compartir con ustedes por lo menos una breve parte de lo que fue ese continuo peregrinar por los caminos de nuestra geografía, los fragmentos que mi muy destartalada memoria han podido rescatar, como parte de ese homenaje a su persona, para que puedan comprender a cabalidad lo que significó toda una vida de satisfacciones, de privaciones, de sacrificios y abnegación y, a la vez, las muy peculiares detalles que fueron conformando mi forma de ser.

De mi infancia lo primero que recuerdo es verme avanzando, el sol inclemente resplandeciente sobre el mar, tomado de las manos de mis padres, por un estrecho sendero bordeado de erizos en la playa La Saladilla de Barahona, y una patineta verde y roja, nada más.

Luego, la hermosa casa y el apacible ambiente en La Romana, y mis vecinos norteamericanos, los Johnson, Kenny, su muy bonita hermana Joanna y su perro Brownny, manso y paciente, a pesar de lo cual un mal día, en un rapto de locura perruna, le desfiguró el rostro a la infeliz.

De San Pedro de Macorís recuerdo sus calles atiborradas de obreros de la caña y vendedores de todos los tipos y colores y, como si hubiera sido la pasada semana, la fría mirada azul del entonces muy famoso Dr. George cuando, sin anestesia, mi abrió de un lancetazo un tumor que tenía en el pie izquierdo, con la inmediata consecuencia de media población alarmada por un  alarido que ni Tarzán en sus mejores tiempos..

Hasta ese instante, vivíamos una normalidad cotidiana siempre dentro de la estrechez económica que es, también, normal en un empleado público de baja categoría.  

Pero no todo podía ser armonía y tranquilidad en una época como la de Trujillo. De buenas a primeras, un simple solapado chisme, y, el primer castigo a mi padre por no mencionar demasiado al Jefe insigne, razón por la cual fuimos todos  lanzados de la ciudad a un entonces pequeño pueblo, Monte Plata, donde compartíamos exilio con el Dr. José Selig, su esposa y sus hijos Hilander, Viola y José Manuel, también mal visto el honesto dentista por  el ojo vigilante del Estado omnipotente.

Archivado, pero no olvidado el asunto, recalamos  en Baní, donde recuerdo a Fabito Herrera, hermano de Don Rafael, a su esposa, Doña Loló, y a su hijo Fabio, a quien encuentro con frecuencia en estos días, y no se borra de mi memoria la tremenda frustración al recibir el poderoso telescopio que pedimos por catálogo en la tienda de Fabito porque, cuando al fin llegó, se convirtió en un pequeño artefacto sin potencia. Es muy posible que a quienes ahora comprar a través de Internet les esté yendo mucho mejor.

Y, de nuevo, la saña tiránica: por culpa de una maestra que no era tal, que no hacía su trabajo, y a la cual canceló mi padre por ese motivo muy a pesar de que le advirtieron era amante del magistral militar de cien batallas, Petain Trujillo; y allá  fue a dar mi padre nada menos que a la frontera, y nosotros, para que no sufriéramos el mismo castigo, a casa de Arsenio, su hermano, en Guasumal, donde yo, muy ufano, despachaba en la bodega propiedad del tío, cobraba y devolvía siempre con el temor latiendo en mi mente porque detrás, en el almacén, Don Arsenio tenía dos enormes y fieros perros, algo que se quedó tan sembrado en mi mente que, muchos años después, devino en excelente cuento: “Día de fiesta en Guasumal”.

Más adelante, cumplido el castigo, arribamos en Azua, donde perdí a una de mis primeras novias por enviciarme jugando bingo por lo cual, en menos que cantan eso, bingo, observé, estupefacto y algo corrido, como pasaba la chica muy ufana y contoneándose del brazo de un mozo local esbozando una amplia sonrisa de “mira lo que te perdiste”.

En el ínterin, o sea, entre pueblo y pueblo, pasaba las vacaciones en Santo Domingo, en casa de los abuelos, sumergido más que en los juegos con los primos en la formidable biblioteca de Don Cayetano Armando Rodríguez.  Por esos días mis padres, en un   posible intento de dirigir mi vida hacia derroteros un tanto más celestiales, me inscribieron en  el Colegio de la Salle, de donde, de tanto insistir los hermanos en que tenía que ir a misa, confesar y comulgar jueves y domingos so pena de ser hervido en aceite durante toda una eternidad, se inició mi iluminada carrera de descreído total.

Y uno de loa pasos finales de esa saltarina carrera fue La Vega, donde me inicié en la política de manera tal  que merecí el honor de aparecer con todas las letras de  mi nombre nada menos que en el muy prestigioso y respetado Foro Público, donde se me señalaba como peligroso conspirador que se reunía todas las noches a fraguar ideas deletéreas contra el superior y muy maravilloso gobierno, foro al que contesté con buen animo inquiriendo al soplón sobre si  consideraba que los parques se habían hecho para que pastaran los jumentos y no para reunirse a conversar, algo que parecía muy lógico…aunque no en la opinión del adusto y muy vociferante Coronel del Ejército en la fortaleza de la ciudad que si no me tragó fue, tal vez, porque padecía de úlceras..

Por esa razón mis padres decidieron enviarme de nuevo a Santo Domingo, donde al fin me hice bachiller en la Escuela Normal (que otro nombre había de tener) Presidente Trujillo, mientras leía desaforadamente los libros del abuelo, para entonces  ingresar en la Universidad no autónoma sino única,  abandonándola a los pocos meses para que mi padre, con toda la razón del mundo, me dijera, “si no estudias, trabajas”, con lo cual pasé muy buenos meses haciendo de maestro en Guanábano, alias Cayetano Germosén, y luego en la escuela Federico García Godoy de La Vega, razón por la que soy saludado todavía hoy,  normalmente con buena cara, por jóvenes alumnos de entonces, señores mayores ya.

Como imaginarán, el profesorado, tan de mis padres, tampoco fue mi vocación, como no fue el Derecho o la Sociología, razón por la cual volví a mis nunca olvidadas salas de cine mientras formaba parte del aguerrido sector farmacéutico como vendedor trashumante de los productos de Juan J. García.

Pero, para que vean, no era precisamente esa forma de vida junto a mis padres  lo que me molestaba, sino el hecho de que, precisamente por ello, nunca tuve tiempo durante todos esos años de ganar amigos y mucho menos novias. Flaco y destartalado como era, siempre recién llegado, cuando poco a poco iba conociendo y tratando de intimar con chicos y chicas de mi edad, cuando ya comenzaban a apretarse los lazos de amistad o lograba me aceptaran con una sonrisa un requiebro a una fermoza del lugar, pues, zas, a recoger bártulos, a partir de nuevo, a empezar de nuevo.

Es por esa razón que siempre he envidiado a amigos como Don Marcio Veloz Maggiolo, José Alcántara Almánzar y Luís Martín Gómez, no sólo por su capacidad creativa más que demostrada, sino porque  tuvieron la suerte de  tener amigos que crecieron junto a ellos en la escuela, en el barrio, y eso es algo que, imagino y añoro aún hoy, debe ser formidable incluso desde el punto de vista de la creación literaria.

Y entonces, el yo ya capitaleño, el yo ya con amigos, sintió el dolor de una tremenda frustración que fue la de todo un pueblo: el golpe de estado al Profesor Bosch, a ese hombre que conocimos en Costa Rica envuelto en los rumores arteros de toda laya, a ese hombre honesto, sabio, creador que fue para mi una influencia más que decisiva al ser Presidente del Jurado que me otorgó el primer premio de cuento que ganara en mi vida, y que se convertiría más adelante en consejero de mis pasos iniciales en el oficio de escribir.

Y entonces, la sangre y el dolor, la muerte y el sacrificio de miles de jóvenes en una guerra fratricida contra la sevicia, el abuso de poder, la impunidad del saqueo en meses de encierro voluntario, mis padres, mis hermanos, muchos de mis amigos, un enorme sacrificio para un resultado doloroso y repugnante: una “democracia” que era el parapeto apenas disimulado del crimen ordenado y obedecido.

Pero eso, mis amigos, eso es el pasado, eso es lo que he dejado atrás.

Porque, ya asentado en esta ciudad desde hace tantos años, tengo ahora todo lo que siempre ansié: porque tengo a mis hermanos, Mario, Luchy y Rosa María, como siempre, pero ahora tengo a mis hijos, Adip, casado con Soraya, a Circe y su Leoncio, a Gabriel y a Jazmín, y tengo mis muy queridos nietos, Vera Lucía, Diego Leoncio y Rodrigo, a Analía y Daniel, y al pequeño Armando que, como es natural,  me tiene al trote.

Y por supuesto, tengo una razón más para vivir, Patricia, mi inteligente esposa, que ha sabido convivir con mis rarezas, manías y resabios, que es la razón de mi vida, cuentos y novelas aparte.

Y ahora puedo decir, afirmar que soy feliz, pero no solamente por haber ganado este premio de hoy, tan importante, sino porque además, ahora, ahora sí tengo amigos, amigos de verdad con quienes comparto de muy diferentes formas, amigos como nunca tuvo durante tantos años.

Y, para culminar, ahora tengo otros compañeros muy peculiares y que muchos de ustedes conocen bien: tengo un gato todo despeluñado que no me deja olvidarlo, tengo un niño de feliz infancia y su martillo, tengo a un tal Chichí la Salsa lleno de agujeros negros, a un Arquímedes que se sale con la suya gracias a un Trujillo acribillado, un buen señor que pierde la memoria y se cree asesino despiadado y brutal, un Capitán Cardona demasiado honesto para ser un héroe y muchos menos un rico, cuatro generaciones corruptas de los Moreta, un infatuado publicista hundido en su pequeña desgracia, un niño retardado que añora su pavo amigo, una Francisca Flores de ojos asombrados que conocerán próximamente, y muchos, muchos otros más que, muy a pesar de ser seres de la más pura ficción, son tan reales y tan amigos para mi como todos los demás con quienes juego, bebo, converso y sueño sobre una vida mejor.

Y a todos ellos los quiero, porque a todos, hermanos, hijos, nietos, a Patricia, a mis amigos y a mis personajes, a todos los llevó hoy muy, muy dentro de mi corazón.

 Muchas gracias.

8 de marzo de 2012



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