lunes, 6 de enero de 2014

Armando Almánzar, un escritor de película


Semblanza (?) de Armando  Almánzar para la ceremonia de entrega del
Premio Nacional de Literatura 2012

Por Luis Martin Gómez

Es difícil hacer una semblanza de un escritor vivo, activo, presente en el acto en que es galardonado, y tener que decir todo lo que uno piensa sobre él, bueno o malo. Pero es más complicado aún hablar acerca de un escritor aparentemente existente. Como lo oyen. Ese señor con aire de Don Quijote después del cortocircuito y porte de Franco Nero con anemia que está sentado a la mesa de honor de este acto, puede que no sea Armando Almánzar, o puede que lo sea, pero sólo como personaje de ficción.

No hay nada más inmaterialmente cierto que las ideas. Dios, aparte la Fe y la inquisición, existe porque es una idea, la más grande y genial de todas, por cierto. Las ideas sobreviven a sus creadores de carne y hueso y tienen el poder de ir condicionando la realidad hasta establecer circunstancias que las justifiquen. El Mesías, por ejemplo,  fue una idea de Zoroastro que se materializó siglos después entre los judíos, quienes, dicho sea de paso, se apropiaron también de algunas ficciones sumerias, como el paraíso y el diluvio. Está claro que no existía entonces oficina de derechos de autor. Los griegos antiguos prefiguraron el átomo que más de veinte siglos después dio origen a la física de partículas en el Laboratorio Cavendish de Inglaterra. Y está científica y emocionalmente comprobado que uno suele imaginar primero los ojos de esa muchacha a la que encontraremos después en una OMSA llega de gente o caminando por El Conde, ocasión que nos permitirá dispararle a quemarropa un piropo procaz al estilo de “si como caminas cocinas...”, o pseudointelectual como “voy a solicitar a la UNESCO que te nombre patrimonio de la humanidad”.

Aceptaba esta premisa (no la del piropo sino la de la idea, la de la imaginación como una forma de existencia válida y libre de impuestos –que no se entere por favor la DGII), podemos explorar la posibilidad de que el galardonado de esta noche con el Premio Nacional de Literatura sea una persona imaginaria. No es descabellada la presunción, créanme. Se dice que ya ocurrió con William Shakespeare, quien según las malas lenguas habría sido testaferro literario de Christopher Marlowe, autor que fingió su muerte para evadir una condena por homosexualidad, ateísmo, blasfemia y espionaje. Sucedió también con Julio Cortázar y Silvia, la voluptuosa joven de su cuento homónimo, a la que sólo los niños y el personaje-narrador del cuento podían ver. Localmente, tuvimos a Crucita Yin, ¿recuerdan?, cuya alegada infidelidad y abandono del hogar llenó la ciudad de graffitis mal escritos por el esposo despechado.

http://luismartingomez.blogspot.com/2012/02/armando-almanzar-un-escritor-de.html

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